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"Quien habla o escribe mal piensa mal, poco o nada": perorata sobre el periodismo en Chile


Amigas y amigos: ha llegado noviembre, la primavera y la Teletón; todos hitos clásicos del fin de año en nuestro país, y en las postrimerías de este 2010 comienzan las evaluaciones. A nuestro juicio uno de los temas a reflexionar en este sacudido bicentenario es el papel de la prensa en la opinión pública y su responsabilidad, en tanto medio de comunicación, en la formación de imaginarios que inciden en el comportamiento político, cultural y social de las y los ciudadanas/os. Eventos cubiertos por la prensa hasta el hartazgo, como el desastre de la mina San José (con líos de falda incluidos) y las catastróficas consecuencias del terremoto del pasado 27 de febrero, con lacrimógenos testimonios que incluyeron la explotación de aquel niño conocido como Víctor "Zafrada" Díaz; y la pobre o nula fiscalización del Consejo Nacional de Televisión (que prefiere multar un inocuo sketch del Club de la Comedia) ante el morbo de la televisión actual, carente de contenidos y de aportes verdaderamente significativos a la cultura y a la necesidad de información de las y los televidentes. Hace falta periodismo de calidad en Chile.

Por esta razón, un nuevo aliado se une al grueso grupo de inconformistas que apoyan el proyecto crítico de Sin Fama ni Gloria, con una columna que analiza el periodismo en Chile a partir de un caso concreto, el reportaje de Informe Especial "Radiografía del Transantiago", emitido por TVN. 
Dejamos con ustedes a Ney Fernandes, traductor y corrector independiente, gestor del proyecto Filigrana Traducciones.




perorata sobre el periodismo en Chile

Hace algunas semanas vi la edición de Informe Especial sobre Transantiago en Televisión Nacional de Chile, y como muchas otras veces terminé ofendido por la forma que tiene el periodismo chileno de presentar temas de interés público. Me ofenden la superficialidad, la estigmatización y el sensacionalismo. Me ofende, como siempre, la paupérrima calidad de expresión de los redactores del programa y la abundancia de aserciones infantiles y mal articuladas. Me ofende y me ofenderá siempre la incapacidad de buena parte de los periodistas chilenos de producir textos decentes y reflexiones bien expresadas. 
Sin duda ya era hora de que alguien mostrara las deficiencias del Transantiago que muchos se niegan a ver (como el ex ministro Cortázar y otros defensores de las supuestas mejoras que ha tenido el sistema desde que se puso en marcha). Muchas veces me imaginé haciendo lo mismo que la periodista de TVN, al lado de un ministro, mostrándole el humo negro que exhalan buses que recién entablan su tercer año de circulación por las calles de Santiago, y el estado deplorable en el que se encuentran. Mostrándole la brutalidad y la estupidez que caracteriza el estilo de conducción de los choferes. Esos son hechos que se comprueban a simple vista y que había que mostrar.

El problema se da cuando una periodista construye su texto en torno a juicios de valor y opiniones moralistas que lindan, hay que decirlo, con el clasismo y el arribismo. El problema se agrava cuando el discurso se vuelve superficial y los juicios emitidos una y otra vez con recalcitrante cursilería se convierten en estigmas.

“Nuevamente nos encontramos con el desolador panorama de la evasión”, nos dice el texto de los autores de este reportaje, sin intuir que las imágenes son lo suficientemente claras y preocupantes para permitir al telespectador formarse una opinión propia sobre lo que ve. “Por la puerta delantera, algunos pasajeros ordenados y honrados pagan su pasaje”, sentencia esta perspicaz observadora del comportamiento humano.

El reportaje continúa y nos muestra un grupo de jóvenes entregados a actividades hedonistas sin duda inapropiadas para el lugar donde se desarrollan. La narración se llena de calificativos y el discurso cobra una carga moralista que viola ese espacio mínimo de libertad que se debería dejar al telespectador para juzgar lo que ve. Y es que Informe Especial cae en el error de simplificar fenómenos sociales y urbanos complejos y merecedores de un análisis mucho más profundo y concienzudo. Fenómenos que sin duda van mucho más allá de la mera honradez y que a lo mejor cabría aprehender y cuestionar más bien como señales de una sociedad que vive un malestar profundo, una sociedad esquizofrénica, entrampada entre las tetas siliconadas de Morandé con Compañía y los discursos moralistas y anacrónicos de sus curas Opus Dei. Fenómenos que podrían ser síntomas del estado de confusión identitaria, cultural e intelectual en el que se hunde un pueblo agobiado por el hiperconsumismo y por la hipocresía consistente en estigmatizar y condenar a quienes se emborrachan y arman escándalo en la parte trasera de un bus cuando, acto seguido, los comerciales televisivos muestran voluptuosas mujeres promocionando el consumo de pisco, cerveza y vino. 

Fenómenos que, en boca de una periodista que dice barbaridades como “una cifra casi la mitad más baja de lo registrado…” y cuya calidad de redacción se equipara a la de un niño, terminan convertidos en generalidades pueriles que a mi parecer son una ofensa a la inteligencia colectiva. A todos debería ofendernos el hecho de que TVN siga el ejemplo de los canales privados que contribuyen a deseducar a la sociedad a punta de sensacionalismo. A todos debería ofendernos que el formato del programa tenga redundancias como los recuadros estadísticos que dicen “40 % de evasión” y justo debajo estimen necesario explicar: “o sea, los que no pagan”.

Un periodista, insisto e insistiré siempre, que tiene la obligación de saber expresarse al menos correctamente por escrito, debería saber que el exceso de adjetivos y construcciones calificativas en este tipo de reportajes resta fuerza al discurso y empobrece el texto, máxime cuando el desconocimiento de la lengua se traduce en redundancias y oraciones poco felices como “vamos a tomar el tiempo de cuánto demora la revisión” o “notamos reacciones adversas hacia la conducta del no pago”.

Pues ya ven: en Chile, país de ingenieros y tecnócratas donde la prioridad es poner a disposición de la gente mecanismos de consumo y endeudamiento hasta la coronilla, donde la cultura con sentido mayúsculo queda relegada al ostracismo y donde se subestima la importancia de la educación en sentido amplio, muchos periodistas escriben y hablan como niños. Y si el verbo es pobre, también lo es el pensamiento. Y cuando hablo de educación en sentido amplio, me refiero a esa educación que va desde saber inculcar normas de conducta social (y para esto antes que nada hay que poner fin a innumerables hipocresías de la sociedad chilena) hasta enseñar a las futuras generaciones a expresarse y a escribir correctamente, para que dentro de diez o veinte años tengamos periodistas de verdad, y que los tecnócratas del sucesor del Transantiago sepan para qué demonios sirven las mayúsculas y no escriban letreros que digan “Las Puertas abren hacia adentro”.